Nadie, no queda nadie en el fondo de la mina San José. Los hábiles, los débiles, los fuertes y los rescatistas —los últimos en salir— echaron el cerrojo a la cueva del desierto de Atacama. La tierra se quedó con el oro, el cobre y el hierro de este filón dramático de la vida de 33 mineros. El siguiente capítulo de esta historia por entregas —en 70 días y 70 noches— corre por cuenta suya. El epílogo lo pondrá el cine, un best-seller o cualquier otro teatro entre la política y la literatura.
Los hombres de la mina conservarán un pasado común y un futuro pactado. El silencio forma parte del contrato. Ninguno hablará del otro. Cada cual que cuente sus miserias o sus sueños, pero los secretos de la mina quedarán en la mina. Los 33 suscribieron en acta notarial este compromiso antes de volver a la superficie. Palabra de caballeros y letra impresa de la ley.
La crónica anunciada de un rescate tuvo escenas conmovedoras, guiños de guionista de Berlanga, bromas de finos humoristas o proclamas de activistas que, leídas al derecho, son espejo de cualquier legislación laboral europea. Los personajes subían a escena lanzados, en la versión rescate a medida de cohetes, desde la profundidad de la tierra. La cápsula Fénix se recibía como la llegada del hombre a la luna. Más de dos mil periodistas, incluidos técnicos, aplaudían, lloraban o aguantaban las lágrimas para retransmitir la noticia. Mil millones de personas siguieron en pantalla los acontecimientos. El planeta abría los ojos en Chile y miraba a este remoto desierto, el más seco del globo.
Ningún astronauta del desierto se retiró las gafas en la superficie. Tampoco el traje con el equipo de comunicación. Cumplieron las instrucciones. Lo hizo el primero, Florencio Ávalos, y lo hicieron el resto. También el segundo, Mario Sepúlveda, la estrella de la noche y del día. Los últimos metros del ascenso se le oía jalear a los suyos, gritar a viva voz «¡Chi-chi-chi-le-lele- los mineros de Chile!». A lo Jim Carrey alzó los brazos, rebotó como un saltamontes, abrazó a Elvira, su mujer y… preguntó por su perra, llamó «jefazo» al ministro de la Minería, Laurence Goldborne, y cuando estuvo frente a Cecilia Morel, la mujer de Sebastián Piñera, petrificado, le dijo: ¿Qué quieres que te diga? Al presidente le dejó, materialmente, de piedra al sacar un puñado de éstas con vetas de oro, que había cargado en un morral desde las tinieblas de la montaña.
Otra cara de «los niños», como el país entero se refiere a los mineros fue la de Mario Gómez Heredia. De 59 años, era el más veterano de la cuadrilla. Padece silicosis y le faltan tres dedos de una mano. Un explosivo se los voló junto con un pedazo de rodilla. Dada su condición tuvo que subir con «máscara completa con aire enriquecido con oxígeno», según explicó ayer el ministro de Sanidad, Jaime Mañalich. «Reposo en cama sin medicación específica. Sólo hidratación, sales, fósforos y suplementos alimenticios», fue la única indicación para el paciente y para el resto de los mineros que, en teoría, deberían permanecer 48 horas en el Hospital de Copiapó. En la práctica, ayer trataban de bajar al campamento para conocer sobre el terreno lo que hasta ahora veían en vídeos.
El tercer rostro de los 33, ya que esta historia parece atravesada por este dígito, lo puso el único extranjero. Carlos Mamani, de 23 años. Cantó el himno nacional de Chile con motivo del bicentenario, un regalo para los oídos de los chilenos. Apenas llevaba dos meses en San José. Su suegro se escapó del derrumbe de milagro. Salió veinte minutos antes de la primera avalancha. Evo Morales le ofreció volver con toda su familia y buscarle un trabajo digno. La respuesta, fue un ejercicio de diplomacia: Mamami dijo que lo tenía que consultar.
«Mirándonos a los ojos»
El presidente de Bolivia llegó tarde. Lo hizo ayer y Mamami, que ya estaba al aire libre, tuvo que esperarle. La visita de Morales implicó una rueda conjunta con Sebastián Piñera en el campamento Esperanza. Chile y Bolivia mantienen diferencias históricas porque el primer país reclama una salida al mar con soberanía propia. Chile le deja libre circulación del paso pero le niega la propiedad. Las relaciones, de una tensión disimulada, ya que ninguno tiene embajador en el otro país, parecen encaminarse por mejores senderos de los esperados. «Esta hazaña —dijo Piñera en alusión al rescate— nos une más con el presidente Evo Morales. Con quien desde el primer día hemos cultivado una amistad sincera basada en la confianza, mirándonos a los ojos». Morales, sin titubear, tuvo palabras constantes de agradecimiento. «Estoy impresionado, sorprendido por el trabajo del presidente. Esta es una gran acción humanitaria, especialmente por nuestro hermano Carlos Mamani. En nombre del Gobierno, no sé cómo pagar este esfuerzo. Será inédito e inolvidable para el pueblo boliviano».
Piñera, que aguardó a pie de plataforma el ascenso de buena parte de los mineros, está en condiciones de rodar una película como protagonista. El título sería un remake de «Ha nacido una estrella». El éxito de la operación, su apuesta a todo o nada por encontrar y luego rescatar a los mineros, le ha puesto en las portadas de los medios de comunicación del planeta, pero también le sirve para dar un espaldarazo a un Gobierno que arrancó condicionado por un país devastado por el segundo terremoto más intenso de la Historia. En Twitter, el presidente dijo ayer que «los buscamos como a nuestros hijos. Los encontramos con la ayuda de Dios. Los estamos rescatando como chilenos». En otro gesto a los «rescatados», de los muchos que tuvo desde que empezó el milagro San Lorenzo, también dijo: «La gran riqueza de Chile no es el cobre, son los mineros». Uno de ellos, Mario Sepúlveda, en caliente, sentenció: «Este país tiene que entender que hay que hacer cambios en la minería».











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